lunes, 11 de noviembre de 2013

Ana María Matute: El niño al que se murió el amigo





Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:
-El amigo se murió.
-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.
El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.
-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.
Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Jaume Soler Y María Mercè Conangla: Un jardín de rosas





El poeta Coleridge recibió un día la visita de un admirador. Cuentan que en el transcurso de la conversación, surgió el tema de la niñez y la educación: 
 - "Creo", afirmó con rotundidad el visitante, "que debe dejarse a los niños total libertad para que piensen y actúen desde que son muy pequeños y que puedan tomar sus propias decisiones sin que nosotros intervengamos. Sólo así podrán desarrollar al máximo toda su potencialidad." 
 - "Ven a ver mi jardín de rosas", le dijo Coleridge, acompañando a su admirador hasta el jardín. Al verlo, el visitante exclamó: 
 - "¡Pero esto no es un jardín... esto es un patio lleno de maleza!" 
- "Solía estar lleno de rosas", dijo el poeta, "pero este año decidí dejar a las plantas de mi jardín en total libertad de crecer a sus anchas sin atenderlas. Y este es el resultado." Tomado del libro: “Ámame para que me pueda ir”.

sábado, 9 de noviembre de 2013

José A. Muñoz Rojas: Retrato de don Antonio







Este hombre que se sienta con las manos
sobre el bastón, el bastón entre las piernas,
el sombrero calado, este hombre
con los ojuelos medio entornados,
mirando más allá, más acá, no mirando, este hombre.
Este hombre que no tuvo tiempo o gusto para hacerse el nudo de la corbata, con las grandes manos sobre el bastón,
en la mesa del café,
qué día, de qué año, en qué ciudad española,
con su traje de un paño más bien grueso, y los labios, ¡ah!, los labios de este hombre que se cierran, dicen una sola palabra que no dicen,
dicen una vida que se encierra en una palabra, muchas vidas que se encierran en una palabra.
Este hombre que ha llegado hace sólo un ratito,
y se pasa la vida esperando en la mesa del café a que
[alguien llegue,
como se pasa todo el mundo la vida esperando. No vendrá nadie a sentarse al otro lado del tablero
[de mármol,
y las manos seguirán sobre el bastón y el hombre esperará inútilmente sin despegar los labios.
Sabe lo que sabe y lo que no sabe,
dos certidumbres: la una en los labios,
los ojos ven la otra, el corazón la siente.
Agarrada a los labios la sed que no calmará agua
ninguna.
Tal vez el aire que viene de un recuerdo una vez;
tal vez los ojos han visto algo una vez;
la mano ha sentido otra mano una vez;
ha palpado en la sombra
una vez;
¡oh memoria!, una vez
tuvieron en su mano la llave;
una vez,
fue a abrir la cancela;
soñó desde unos brazos,
una vez.
Y se quedó quieto.