domingo, 28 de septiembre de 2014

Luis Cernuda: Ocnos (audiolibro completo)

http://www.amisaber.com/Helvia/paginas/Lecturas/Ocnos-Cernuda.html#_Toc255589657
(Pulsa sobre la imagen para acceder al texto completo)
Capítulo 1
 Capítulo 2
 Capítulo 3 ;
Capítulo 4
 Capítulo 5
 Capítulo 6
 Capítulo 7
 Capítulo 8
 Capítulo 9
 Capítulo 10
 Capítulo 11
 Capítulo 12
 Capítulo 13
Capítulo 14
 Capítulo 15
Capítulo 16
 Capítulo 17
Capítulo 18
 Capítulo 19
 Capítulo 20
 Capítulos 21 y 22
Capítulo 23
 Capítulo 24
 Capítulo 25
 Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
 Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
 Capítulo 36
 Capítulo 37
Capítulo 38
 Capítulo 39
 Capítulo 40
 Capítulo 41
 Capítulo 42
 Capítulos 43 y 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
 Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
 Capítulo 56
 Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59 y 60
Capítulo 61 y 62
Capítulo 63 y 64
Apéndice (Escrito en el agua)

sábado, 5 de abril de 2014

Antonio Skármeta: El cartero de Neruda (Audiolibro completo)

Durante el último mes nos ha tenido entretenidos a mí y a mis alumnos de 3º ESO Antonio Skármeta y su novela El cartero de Neruda. Hemos sido testigos de cómo cuando se tiene interés por algo se lucha hasta conseguirlo. Me explico. El descubrimiento del amor por parte del protagonista, Mario Jiménez, hace que este cartero se introduzca en la lectura de la poesía de Pablo Neruda, única persona en Isla Negra a la que tenía que llevarle el correo, puesto que las demás eran analfabetas. Con ello, se establece una intensa amistad entre los dos
Mario pide ayuda al vate para seducir con palabras hermosas a su amada Beatriz Jiménez, la hija de la dueña de la hostería de la localidad.
Además, nos ha servido de pretexto esta lectura para documentarnos sobre la figura literaria y política de Neruda, y acerca de los hechos políticos que ocurrieron en Chile en 1973, con el golpe de estado y el derrocamiento de Salvador Allende.
Prólogo y capítulo I
Capítulos II y III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulos VI y VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capíitulo XIII
 Capítulo XIV
 Capítulo XV
 Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulos XIX, XX y epílogo

domingo, 30 de marzo de 2014

José Saramago: El cuento de la isla desconocida (Audiolibro completo)


  

 
Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo, Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquélla era la de las peticiones. Como el rey se pasaba todo el tiempo sentado ante la puerta de los obsequios (entiéndase, los obsequios que le entregaban a él), cada vez que oía que alguien llamaba a la puerta de las peticiones se hacía el desentendido, y sólo cuando el continuo repiquetear de la aldaba de bronce subía a un tono, más que notorio, escandaloso, impidiendo el sosiego de los vecinos (las personas comenzaban a murmurar, Qué rey tenemos, que no atiende), daba orden al primer secretario para que fuera a ver lo que quería el impetrante, que no había manera de que se callara. Entonces, el primer secretario llamaba al segundo secretario, éste llamaba al tercero, que mandaba al primer ayudante, que a su vez mandaba al segundo, y así hasta llegar a la mujer de la limpieza que, no teniendo en quién mandar, entreabría la puerta de las peticiones y preguntaba por el resquicio, Y tú qué quieres. El suplicante decía a lo que venía, o sea, pedía lo que tenía que pedir, después se instalaba en un canto de la puerta, a la espera de que el requerimiento hiciese, de uno en uno, el camino contrario, hasta llegar al rey. Ocupado como siempre estaba con los obsequios, el rey demoraba la respuesta, y ya no era pequeña señal de atención al bienestar y felicidad del pueblo cuando pedía un informe fundamentado por escrito al primer secretario que, excusado será decirlo, pasaba el encargo al segundo secretario, éste al tercero, sucesivamente, hasta llegar otra vez a la mujer de la limpieza, que opinaba sí o no de acuerdo con el humor con que se hubiera levantado.  [Leer más]

miércoles, 12 de febrero de 2014

Juan Ramón Jiménez. Platero y yo (Audiolibro completo)

Prologuillo y capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
 Capítulo VI
Capítulo VII
 Capítulo VIII
 Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
 Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
 Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
Capítulo XXI
Capítulo XXII
Capítulo XXIII
 Capítulo XXIV
Capítulo XXV
Capítulo XXVI
Capítulo XXVII
Capítulo XXVIII
Capítulo XXIX
Capítulo XXX
Capítulo XXXI
 Capítulo XXXII
Capítulo XXXIII
Capítulo XXXIV
Capítulo XXXV
Capítulo XXXVI
Capítulo XXXVII
Capítulo XXXVIII
Capítulo XXXIX
Capítulo XL
Capítulo XLI
Capítulo XLII
Capítulo XLIII
Capítulo XLIV
Capítulo XLV
Capítulo XLVI
Capítulo XLVII
Capítulos XLVIII, XLIX y L
Capítulos XLI, XLII y XLIII
 Capítulos XLIV y XLV
 Capítulo XLVI
 Capítulos XLVII y XLVIII
Capítulos XLIX y LX
Capítulos LXI y LXII
Capítulos LXIII y LXIV
 Capítulos LXV y LXVI
Capítulos LXVII y LXVIII
Capítulos LXIX y LXX
Capítulos LXXI y LXXII
Capítulos LXXIII y LXXIV
Capítulos LXXV y LXXVI
Capítulos LXVII y LXXVIII
 Capítulos LXIX y LXXX
Capítulos LXXXI y LXXXII
Capítulos LXXXIII LXXXIV
Capítulos LXXXV y LXXXVI
Capítulos LXXXVII y LXXXVIII
Capítulos LXXXIX y XC
 Capítulos XCI y XCII
Capítulos XCIII y XCIV
Capítulos XCV y XCVI
Capítulos XCVII y XCVIII
Capítulos XCIX y C
Capítulos CI y CII
 Capítulos CIII y CIV
Capítulos CV y CVI
Capítulos CVII y CVIII
Capítulos CIX y CX
Capítulos CXI y CXII
Captítulos CXIII y CXIV
Capítulos CXV y CXVI
 Capítulos CXVII y CXVIII
 Capítulos CXIX y CXX
 Capítulos CXXI y CXXII
 Capítulos CXXIII y CXXIV
Capítulos CXXV y CXXVI
 Capítulos CXXVII y CXXVIII
Capítulos CXXIX, CXXX y CXXXI
Capítulos CXXXII y CXXXIII
Capítulos XCCCIV y CXXXV
Capítulos CXXXVI y CXXXVII
Capítulo CXXXVIII

sábado, 8 de febrero de 2014

Pablo Neruda: Veinte poemas de amor y una canción desesperada (Audiolibro completo)

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Veinte poemas de amor y La canción desesperada
Poema I  
Poema II
 Poema III
 Poema IV
 Poema V
 Poema VI
Poema VII
Poema VIII
 Poema IX
Poema X
Poema XI
Poema XII
Poema XIII
Poema XIV
Poema XV
Poema XVI
Poema XVII
Poema XVIII
Poema XIX
Poema XX
La canción desesperada

Lazarillo de Tormes (Audiolibro completo)

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Prólogo
Tratado I
Tratado II
 Tratado III
 Tratados IV, V, VI y VII

lunes, 20 de enero de 2014

Pedro Salinas: Para vivir no quiero...

 

Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!
Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las
gentes del mundo,
sólo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
"Yo te quiero, soy yo".


La voz a ti debida (1933)

José A. Muñoz Rojas: Tu oficio. poeta...


Para que algo quede de este latir,
para que, si alguien quiere mirarse, pueda;
para calmar quizá alguna sed, y que alguien diga
"a mí me pasó algo semejante".
Los poetas estamos para eso:
para ofrecerles tránsito a los demás,
para que se encaramen sobre nuestros latidos, y que divisen
un poco más allá, en medio
de tanta oscuridad como nos circunda.
A veces nada tiene sentido, ni siquiera
que me des la mano o ese
limón redondo tan bello en la vereda.
A veces lo que tiene sentido no tiene sangre,
ese poco de sangre por la cual se muere.
Todo es ganas de morir de otra manera,
ganas de imitar a los ríos y que la tierra vea
que hay otras aguas y otras penas, y de los cielos contemplen misericordiosamente
nuestras peregrinaciones.
Tu oficio, poeta, es contemplar,
que todo se te escriba dentro; luego,
quizá leer allí mismo, quizás decir a los otros
lo que allí mismo, escrito, tú lees.

Luis López Nieves: La absolución

Tarde en la noche, bajo la lluvia, el carruaje se detuvo frente a la mansión. Los lacayos corrie ron a colocar la banqueta bajo la portezuela, para que el Obispo y sus dos sacerdotes pudieran bajar sin esfuerzo. Al inclinarse, la peluca blanca de uno de los sirvientes estuvo a punto de caer en el fango, pero éste la detuvo a tiempo, sin que los clérigos se distrajeran por su torpeza. El Obispo delgado, de carnes rosadas, vestía la ropa suntuosa que exigía la ocasión. Los sacerdotes, más modestos en el acicalamiento, se limitaban a cargar los Santos Óleos y la Eucaristía.
El zaguán estaba repleto de gente del pueblo con velas y linternas en las manos. Olía a lluvia, a humedad, a noche tras noche de llovizna empedernida sin el respiro de una luna llena. Algunas mujeres lloraban. Los lacayos le abrieron paso a los clérigos, pero al llegar a la puerta tuvieron que detenerse y esperar junto a los demás. Pasaron treinta minutos. Sesenta minutos. Dos horas. Primero los lacayos trajeron banquetas para que los clérigos descansaran. Luego trajeron tazones con agua fresca, que el Obispo generosamente compartió con los desconocidos que hacían guardia, como él, frente a la puerta del famoso moribundo.
Al fin, tras una espera que rebasó las tres horas, la sirvienta abrió la puerta y les hizo señas a los clérigos, quienes entraron a la mansión en silencio.
-La sobrina y el médico duermen al fin -dijo la mujer-. El amo muere.
Llevó a los religiosos a una habitación pequeña, oscura, calurosa. Con la cabeza recostada sobre varios almohadones de pluma, el moribundo miraba hacia la puerta con los labios apretados. Era muy viejo y no llevaba peluca.
-Hijo -dijo el Obispo, sentándose al lado de la cama- ¿ya no maldices a Dios?
-No -dijo el moribundo con voz cansada. Los clérigos no pudieron disimular la alegría.
Los dos sacerdotes se congratularon con una sonrisa, mientras el Obispo, el pecho inflado, miraba al moribundo con ojos condescendientes.
-¡Alabado sea! Al fin has visto la luz, hijo mío. ¿Quieres confesión?
-No -dijo el anciano, cada vez más débil y cerca de la muerte. La vida se le vaciaba como una jarra quebrantada.
El regocijo de los sacerdotes se convirtió en un angustiado desconcierto. El Obispo, entristecido, se enderezó la peluca blanca que le caía hacia el lado derecho.
-Pero has dicho que no lo maldices, que ¡crees en tu Creador!
-No puedo maldecir lo que no existe, idiota -dijo el moribundo con sus últimas energías.
Los ojos del cura que cargaba los Santos Óleos se llenaron de lágrimas.
-Es tu última oportunidad -insistió el Obispo.
-Acércate -dijo el moribundo, levantando una mano.
El Obispo acercó el oído. Los sacerdotes, ansiosos por escuchar, casi se recostaron sobre las espaldas del prelado.
-Váyanse a la mierda -dijo el anciano, y expiró.
Los sacerdotes, atónitos, tardaron varios minutos en reaccionar.
-Excelencia -dijo el que llevaba los Santos Óleos- lo vi en sus ojos.
-¿Qué viste? -preguntó, sorprendido, el sacerdote que llevaba la Eucaristía.
-Quiso arrepentirse -continuó el de los Santos Óleos-, pero el maldito Demonio...
-...le llenó la boca de vil blasfemia y pecado -remató el Obispo.
El sacerdote que llevaba la Eucaristía estuvo a punto de decir algo, pero se detuvo: De su rostro desapareció todo signo de curiosidad. Los tres guardaron silencio otros minutos, contemplando sin cesar el cuerpo inerte del hombre de letras.
-Tengamos piedad de su alma -dijo el que llevaba los Santos Óleos, mientras abría los frascos de aceite exquisito.
-Tengámosla -asintió el Obispo.
Cuando los religiosos regresaron a la puerta principal de la mansión ya el pueblo conocía la noticia de la muerte del filósofo. Algunos lloraban, varios tenían la mirada pasmada, otros guardaban silencio. Todos sabían que algo importante había pasado allí esa noche: La muerte de un hombre que no era como ellos. El Obispo se dispuso a hablarle a su rebaño. Los lacayos acercaron velas a su rostro.
-Hijos míos: regocijaos. Voltaire, el más grande sacrílego de todos los tiempos, vio la luz en los últimos minutos de su vida y pidió la absolución. Dísela. Vio el rostro de Dios. Que descanse en paz.

Mario Benedetti: Corazón coraza


 Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza

porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro

porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.